[Este texto forma parte del catálogo de la exposición Enrique Larroy. Pintura corriente. Museo de Teruel, 2009]

Untitled

José Luis Cano


Enrique Larroy Una imagen vale más que mil palabras, pero el público agradece el subrayado de esa imagen con alguna que otra palabra.

Son esas palabras que se reúnen bajo el título de “título” y que nos permiten hablar de pintura o de historia de la pintura o de tantas otras cosas con fluidez y sin liarnos más de la cuenta. Como las propias imágenes, esas pocas palabras valen más que mil palabras. Decimos La maja desnuda y no hace falta que expliquemos: “Ese cuadro apaisado que pintó Goya en el que aparece una señora desnuda y tumbada en un sofá verde con las manos debajo de la cabeza y los pechos debajo de las axilas”. Por no entrar en si el cuadro es relamido o rococó.

Los títulos valen más de mil palabras pero los hay que valen diez mil o más. Por ejemplo, El rapto de las Sabinas. Anda que no nos ahorramos palabras ni nada diciendo El rapto de las Sabinas, tanto si el cuadro es de David como si es de Picasso.

Gracias, pues, a los títulos, nos evitamos practicar el bonito arte de describir un cuadro mediante recursos literarios. Eso que, como ya saben ustedes, se llama ekphrasis. Y es una pena, porque esa hermosa disciplina, que practicó con indudable éxito Julio Cortázar, es algo muy curioso y entretenido.

Si yo fuera un teórico, como Alberto Valdivia Baselli, diría que “la interacción semiótica estética… no es un espacio de taxonomías divorciadas, sino de inclusiones simbólicas que desarrollan un discurso velado, analizado por la pragmática lingüística y los análisis del discurso, que pocos decodifican con facilidad” para añadir a continuación que “los sistemas semióticos lingüístico (poético) y visual (plástico) podrían ser entidades que se descodifican entre sí y, de esa manera, permitirían al emisor o receptor hipotético plantear una codificación o descodificación si no feliz, aproximada o creativa”.

Pero ni soy un teórico, ni esto es una tesis, ni estamos hablando de la ekphrasis, pese a que algunos títulos son a la ekphrasis lo que los haikus a la poesía. Es más, algunos títulos parecen haikus: En un cuadro grande una hoja de hierba no da para mucho. El título es de Larroy. Y el cuadro, también.

Los títulos habituales pueden ser todo un hallazgo o una auténtica obviedad: La maja vestida o El grito o Blue Orange Red, por poner tres ejemplos, no sé si de una cosa o de la otra.

El título, dice Arturo Ripstein, “es un pequeño problema que puede redondear una obra”. Exacto. “El título cierra la obra”, añade. Cierto: Es raro que una pintura empiece por el título. A no ser que diga uno: “Me voy a pintar un retrato” porque, entonces, ya sabemos como se titulará. Igual que si te encargan: “Pínteme usted La Eneida”, que todo puede ser…

Los títulos, a lo largo de la historia, han sido tan obvios como los propios cuadros para cualquiera que domine la iconografía. En tal caso, no hace falta ningún título para saber que lo que tienes delante es un San Antón o una Purísima Concepción.

Quizás lo de titular cuadros se complicó con la aparición de la fotografía. Como todo. A partir de entonces, ni las obras ni los títulos podían ser tan obvios como antes. Es cierto que en el Renacimiento surgió una minoritaria tendencia a poner títulos que ocultasen el tema de la obra para entretenimiento de los eruditos: La tempestad de Giorgione, por ejemplo.

Pero, tras el invento de la fotografía, uno ya no podía pintar una anciana, una mujer y una niña sin endilgarles el título de Las tres edades. Les llegó a pasar hasta a los fotógrafos.

Ahí tenemos, también, la deriva de Duchamp, por poner otro ejemplo que nos complicó la vida. Empezó con su Fontaine, un título sencillo aunque indecoroso, para, tras un largo silencio, acabar titulando Etant donnés: 1-la chute d'eau, 2- le gaz d'éclairage.

A propósito de Duchamp, Beuys tituló un cuadro Das schweigen von Marcel Duchamp wird überbewertet (El silencio de Marcel Duchamp ha sido sobrevalorado). En el cuadro ponía lo mismo pero pintado con chocolate. Como cuadro es bueno; como título, obvio.

Sin embargo, huir de la obviedad puede producir títulos repelentes y/o detestables: ¡Y aún dicen que el pescado es caro!, un sorolla con una olla.

Lo normal es que un buen título dé juego semiótico: Ceci n’est pas une pipe. El famoso título también está rotulado en el cuadro bajo la representación pictórica de una pipa. Por la sofisticación a la obviedad o viceversa. Como los teóricos siempre tienen mucho más que decir sobre pinturas y títulos que los propios autores, Foucault tuvo que escribir todo un libro para criticar a Magritte por explicarlo en tres palabras.

Escarmentados por casos como este, muchos pintores deciden no titular sus cuadros. Así, Sin título (Untitled), es el título que más se repite. Incluso Larroy, tan titulador, lo emplea alguna vez. Eso sí: el Untitled nos devuelve irremisible y afortunadamente a la práctica de la ekphrasis.

Recuerdo una exposición en el Reina Sofía en la que se confrontaban Dadá y Constructivismo. Lo más curioso era que las obras expuestas, partiendo de conceptos enfrentados, alcanzaban aspectos idénticos.

Por ese terreno de juego se mueve la obra de Larroy, heredero de los dos equipos y consciente de las contradicciones y paradojas que, en su época, los dadaístas y los constructivistas no podían ver.

Así, pues, la mañana que Larroy se levanta más constructivista que dadaísta puede titular Señales de color o Banderas blancas; el día que se levanta más dadaísta que constructivista, en cambio, los títulos pueden ser Tomavistas o La mirada presumida y el día que no se levanta ni dadaísta ni constructivista sino todo lo contrario, titula
Male Beach.
O Sin título.

Un problema dos soluciones, como dice en otro título, aunque puede ser más drástico: What problem? No problem.

En cualquier caso, los títulos de Larroy nunca son obvios. Si titula una obra Azul horizontal, lo más probable es que el azul sea vertical, si es que hay algún azul. Quizás por eso, últimamente publica en sus catálogos una serie de textos que pretenden explicar la relación entre sus títulos y sus obras:
Vuelo sin motor, 2002. Óleo/tela. 89 x 162 cm
Si un ciervo es así, estaremos con él. Era el otro posible título.

Un problema, dos soluciones; ya saben. Un año antes, era más explícito:
Étnico, 2001. Óleo/tela. 200 x 200 cm
A menudo parece que lo étnico es primitivo y que lo primitivo es ingenuamente auténtico. La pintura ni es auténtica ni es ingenua, aunque sí que tiene algo de primitiva.

Larroy explica: “Estos breves comentarios son total invención, lo que no quiere decir que sean falsos, pero sí susceptibles de cambios”.

En fin, que sería absurdo que yo comentase los comentarios. Entre otras cosas, porque puede resultar pretencioso intentar explicar lo que ya ha explicado el autor. Yo no soy Foucault. En todo caso, dada mi condición de ilustrador, estaría a mi alcance ilustrar los comentarios a los títulos de sus cuadros para seguir cerrando círculos, pero, ¿a fin de qué?

Insistentemente mareados es otro título de Larroy.

Vamos a dejarlo aquí.