[Este texto forma parte del catálogo de la exposición Enrique Larroy. Pintura corriente. Museo de Teruel, 2009]

Inválidos como acróbatas

Alicia Murría


Enrique LarroyRing, ring, ring... Hola, soy Larroy. ¿Qué vida llevas?. Bla, bla, bla...
—Oh. Bien. Bla, bla, bla...
—En realidad te llamo para pedirte un texto, una cosa corta...
—¿Para cuando?
—Bueno... Cuanto antes. Bla, bla, bla... Y queríamos que tu abordases la cuestión del proceso...
—Ah... El proceso, dices. Pues estoy fatal de tiempo, pero bueno... Quizá si me alargas un poco el plazo...
—Si, si, no hay problema, bla, bla, bla...
Unos pocos días después
Ring, ring, ring... Hola, pues mira, que lo siento pero, de verdad, imposible, que no llego... Lo dejamos para otra ocasión. ¿Te parece?
—Jo. Vaya. Qué desilusión... Bueno, vale, vale... Te entiendo...
Tres horas más tarde...
Ring, ring, ring... Hola... Iba conduciendo cuando me has llamado. Mira, me hace ilusión que escribas en este catálogo, no te va a costar mucho, es algo muy corto, ¿qué supone esto para ti? Nada, con tu experiencia, y lo que conoces mi obra... Lo tienes por la mano... je, je (bajando la voz y en tono de ronroneo) andaaaaa, no me hagas estoooo...
—Valeeeee... estáaaaa bieeennn. Pero te vienes a Madrid y hablamos, me cuentas lo que quieras y esto lo solucionamos en un pis-pas... Grrrmmm.
Cuelgo el teléfono pensando que me ha metido un gol. ¡¡¡Que hijo de Satanás!!! Pero cualquiera le dice que no cuando utiliza sus dotes persuasivas y pone esa voz de niño, o te da jabón, o te susurra como si le fuera la vida en ello. ¡¡¡Agggg!!!

Se viene a Madrid, la sobremesa se prolonga, charlamos durante horas y, sobre todo, nos reímos como críos de las cosas más serias y de las más tontas con la complicidad que proporciona una amistad de muchos años. En realidad, apenas hablamos del tema de su texto. Le menciono una frase que, a la vez, amo y detesto: El arte nos salva de la verdad. La ha utilizado Pep Agut en una de sus piezas. Me propone Larroy que comience por ahí. No está mal para empezar a pensar en su trabajo.

Sí, es una frase que me resulta odiosa y estupenda. Me parece que no es del propio Agut, se lo tendría que preguntar. Estoy convencida de que la oí o leí hace años y ya me perturbó entonces igual que ahora, o quizá era la misma idea expresada de otra manera. El arte nos salva de la verdad. La detesto por que no me interesa un arte que no remita a la realidad, que se sitúe en el limbo, que se abstenga de tomar posiciones sobre la vida. Pero, para ser exactos, la frase no habla de realidad sino de “la verdad”. Esa idea te coge por el cuello. Sabemos que hay verdades y mentiras, que a veces unas se disfrazan de las otras y que cada día estamos obligados a hacer ímprobos ejercicios para distinguirlas, para no acomodarnos, para que las cosas no nos den igual, para que lo importante nos sigan importando. Pero “la verdad”... Su abrazo ha sido siempre sumamente peligroso. De ello habla la obra teatral El encuentro de Descartes con Pascal joven, de Jean-Claude Brisville, que se puede disfrutar ahora en Madrid. Un enorme Josep-Maria Flotats encarna al maduro Descartes frente a un Albert Triola que sale airoso en su papel de Pascal, el jovencísimo y brillante científico que, a pesar de haber elaborado complejas y renovadoras teorías matemáticas, ha abrazado las ideas jansenistas y está corroído por la búsqueda de lo absoluto, de un Dios que niega la naturaleza humana y no admite reservas; su misticismo encarna una atroz entrega al sacrificio, a la mortificación. Esa posesión de la verdad, esa radical obstinación en que lo humano encaje en un espacio estricto gobernado por la fe, por la certeza, espanta a un Descartes para quien la razón no es un marco constrictor sino la posibilidad de un pensamiento en perpetua interrogación sobre lo humano y lo divino. Libertad frente a fanatismo.

Me había prometido escribir a la carrera este texto para Larroy, pero aquí estoy leyendo o releyendo sus catálogos, tomando notas y estableciendo discusiones mentales con quienes han escrito sobre su obra. Lo cierto es que pocos artistas tienen tan bien documentada su trayectoria y no me refiero sólo a las imágenes sino a los textos, casi todo lo que se ha dicho de su trabajo está al alcance, y ello desde su primera exposición en Madrid, hace nada menos que treinta y cuatro años. Gracias a ese trabajo recopilatorio me entero de que he escrito sobre él siete u ocho veces a lo largo de los últimos veinte años, me sobrepongo al vértigo de las fechas, e intento ver cómo se ha leído su obra a través del tiempo; casi todos los críticos en activo de su generación, me refiero a aquellos que por una u otra razón merecen ser tenidos en cuenta, y algunos más jóvenes, se han ocupado de él. Como sucede casi siempre, los textos sobre un mismo artista se van edificando unos sobre otros, abundan las ideas reiteradas, sin embargo se pueden encontrar sobre Larroy un buen número de ese tipo de chispazos que hacen interesante un texto, miradas desde puntos de vista que nada tienen que ver entre sí pero que atraviesan estos cuadros señalando lo que de relevante hay en ellos, comentarios inteligentes que continúan siendo pertinentes en el tiempo. Incluso creo que he escrito alguna cosa para o sobre Larroy con la que sigo de acuerdo. Con frecuencia se me achaca que no me interesa la pintura, el comentario me hace gracia por que casi siempre está hecho con malicia, como en tono de reproche. La verdad es que lo que detesto de la pintura son los comentarios que pormenorizan sobre la forma, el motivo, el color, los planos, la luz que emerge, el fondo y la superficie, aunque también yo haya escrito en esos términos, pero me aburre infinitamente, qué le vamos a hacer. Por otro lado, ¿cómo no iba a hablar de pintores y de pintura si empecé escribir a mediados de los ochenta? Su presencia era entonces avasalladora aquí y fuera, y surgieron en este país una serie de nombres que fueron importantes, pienso ahora en los que se consideraron como los más destacados, aquellos que aparecían en la infinidad de colecciones públicas y privadas que proliferaron como setas y que se caracterizaban por ser las unas iguales a las otras, pienso también en la evolución de muchos de aquellos considerados como las luminarias del momento y, para ser franca, apenas ninguno me interesa hoy. Seguramente yo he cambiado, seguro que mis criterios son otros, o se han afinado espero, sin embargo creo que quienes abrazaron tendencias y lenguajes con el más radical de los fervores son quienes también más agotados aparecen ahora. No hace falta hacer sangre pero el decorativismo en el que muchos de aquellos se han instalado con el correr de los años provoca nauseas. Y sin embargo algunos cuadros de aquellos ochenta, incluso primeros noventa, seguramente no más de una veintena, como mucho, me siguen pareciendo obras más que notables.

No estuvo Larroy entre aquella nómina de imprescindibles del momento, aunque pudo estarlo, se diría que siempre se ha situado en un lugar lateral y, desde luego, nunca compartió aquellas radicales certezas que animaron y aun animan a buena parte de aquellos, como tampoco su actual agotamiento. Creo recordar que debía hablar del proceso, ¿del proceso creador? ¿debo hablar de cómo se enfrenta Enrique Larroy al bastidor y a la tela en blanco? Francamente, no sé si cada mañana se levanta temprano y acude con disciplina de funcionario a su estudio o es un compulsivo, o si trabaja a rachas y según le pida el cuerpo, no sé si parte de dibujos preliminares o cada tela le exige un reto diferente y azaroso, no sé si trabaja viendo mentalmente la obra acabada o si la idea se construye sobre la marcha, no sé si se pasea por el estudio o si lee para lograr un estado de concentración que le permita arrancar. Ignoro estas cuestiones y no creo que resulte esencial conocerlas.

En esa reciente conversación nocturna a la que me he referido, hablaba Larroy de la inutilidad de esa rara dedicación que es pintar, tan rara como escribir, actuar o coleccionar. “Por que vamos a ver (me dice sin poder aguantar las carcajadas) ¿Qué hace, por ejemplo, un pintor en una guerra? Nada. Molestar.” Nos poníamos de acuerdo en que su oficio, como el mío, tiene mucho de ludopatía, (ser crítica de arte también tiene bemoles), de fijación absurda en busca de una satisfacción, de un placer, que se manifiesta sólo en contadas ocasiones, cómo fogonazos; algo parecido, supongo, a lo que experimenta el jugador enganchado a las cartas cuando tiene en su mano los cuatro ases. Actividad que se parece también a la del equilibrista, que cae mil veces en el entrenamiento pero que a la hora de la verdad se sostiene sobre el alambre y ése es su éxito, un éxito que tiene mucho de absurdo y, por lo tanto, de fracaso. Habla Larroy también de la pintura como de un ejercicio abocado al fracaso. No sé si tiene razón o no. Sólo puedo decir que, contrariamente a lo que me ha sucedido con la mayor parte de los pintores de su generación, su trabajo me ha ido interesando cada vez más. Es curioso ver cómo el tiempo actúa de forma muy diversa sobre las personas; veo a individuos que han sido notables, incluso brillantes, naufragar en el acomodo, el aburrimiento, la falta de ideas y de vida, otros sin embargo crecen en inteligencia y sabiduría. Enrique Larroy está en este último grupo. Es por ello que su trabajo no sólo se sostiene con el paso de los años --me refiero a sus cuadros de los años setenta, de los ochenta y de los noventa-- sino que se ha ido haciendo más rico y versátil. Decía Vicente Villarrocha, en unas líneas que datan de 1983, que Larroy utilizaba los referentes estéticos como objetos; me gusta esa idea para definir una pintura donde el conocimiento de la historia, nada escaso por cierto, sus preferencias y opciones plásticas se mezclan en su pintura con los motivos (y motivaciones) más peregrinos; Chus Tudelilla ha señalado su gusto por lo extraño, por conciliar opuestos, por inventar relaciones nuevas entre las cosas; Alejandro Ratia ha escrito sobre la idea de rompecabezas; Juan Manuel Bonet subrayaba su causticidad y escasa autocomplacencia; Vicente Llorca aludía a cómo sus cuadros parecían instalarse en ese momento previo a la representación, cuando los actores aun no han salido al escenario y, aunque todavía nada sucede, todo parece posible; de un texto de Mariano Navarro me quedo ahora con la alusión a un cuadro de Klee, de título fascinante: Inválidos como acróbatas, y con la cita de un comentario de Peter Halley: “A veces creo que pinto para poder seguir pensando.”

Me gusta la pintura de Enrique Larroy porque no establece jerarquías, no hay elementos principales y secundarios sino una fricción que señala la necesidad de seguir alerta, y por que no habla de certezas sino que con cada paso, en cada cuadro, en vez de dar una respuesta nos conduce a otra pregunta. Su trabajo rezuma socarronería, utiliza los recursos decorativos para ironizar sobre lo bello o adecuado, y cualquier idea o referencia, sea la más superficial o la más seria, se convierte en motivo viable y elocuente; quizá es esa forma de establecer distancia el mecanismo para convertirlo en cercano. Me interesa también cómo sus telas se apoyan unas en otras, por que nunca está todo dicho, que haya siempre en ellas algo irresoluble, que se resiste a ser descrito y aprehendido completamente, una duda perpetua sobre el sentido de las cosas. Sus obras pueden ser excesivas y chirriantes, incómodas, como hechas desde una actitud que parece desnortada pero que es un peculiar y puro norte. Y me gusta su causticidad, ese alegre pesimismo donde el juego y el humor se convierten en las herramientas más inteligentes para afrontar la pintura, la vida.