[Este texto forma parte del catálogo de la exposición Enrique Larroy. Pintura corriente. Museo de Teruel, 2009]

Reformas geométricas en la Basílica
de El Pilar de Zaragoza

Manuel Vilas


Enrique LarroySi no lo rompo todo, no soy feliz. Si no rompo todas las formas de escribir, de cantar, de ver, no soy feliz. Parece un milagro que desde Zaragoza se pueda romper todo. También era inverosímil que a la ciudad de Manchester le brotara a finales de los años setenta un grupo como Joy Division.

Si no lo rompo todo, no soy feliz. Si no grito, no soy feliz. En realidad, aunque no lo sabíamos, siempre hemos estado luchando contra la alienación. Cualquier día de estos comenzarán a morirse todos los componentes de los Rolling Stones. Nuestra época vio ese brillo de la música popular, la única cultura viva aún. Puedes coger una guitarra y pintar colores que estén vivos. Se morirá Mick Jagger en el 2018. Nadie vive eternamente. El Pop quería regenerar el mito de Dorian Grey. Se morirá Lou Reed en el 2015. Eran nuestros santos.

El Purgatorio al que van los artistas del rock está decorado con cuadros de Enrique Larroy.

Los ataques epilépticos de Ian Curtis ocurren dentro de los lienzos de Enrique Larroy.

Si no lo rompo todo, no soy feliz. Si no arraso el ojo, no soy feliz. Si no arraso el oído, no soy feliz.

Si yo fuese Ian Curtis, me levantaría de la tumba, cogería un avión Londres-Zaragoza (ryanair, vuelos baratos), me plantaría en la casa de Vilas (vive en un barrio que se llama el Actur) y le diría “tío, ¿tú conoces a un tipo que se llama Larroy?; así que lo conoces, bien, pues llévame a su estudio, quiero que diseñe la cubierta de mi primer long play en solitario”.

Si no lo rompo todo, no soy feliz.

El ácido volvía loca a la gente. Yo veía dimensiones feroces. Te levantabas por la mañana y tenías delante las geometrías de Larroy, como el mono de Kubrick tenía delante ese maldito monolito. Parecían benignas las geometrías de Larroy, entonces las tocabas, y daban descargas, descargas eléctricas.

Si yo fuese el dueño de Nokia iría también a ver a Vilas, le diría “Vilas, llévame a ver a Larroy, quiero que pinte el Nokia 666Z, un Nokia especial para la ciudad de Zaragoza”.

Si no lo rompo todo, no soy feliz.

¿Qué es lo que más nos gusta? Yo te lo diré: perder el control. No hay ninguna sensación más moderna, más pop, más ácida que la de perder el control. Perder el control: no tengo trabajo, no tengo dinero, no tengo futuro, no tengo zapatos. Y si no pierdes el control en tu vida, al menos piérdelo escribiendo o pintando. Pinta cosas duras. Cosas que inviten a la fornicación universal, al Eros salvaje, por ejemplo.

Si no lo rompo todo, no soy feliz.

Si lo dejo todo tal como está, entonces, ¿cuándo estuve vivo?

Si Sid Vicious saliera de la tumba, también viajaría a Zaragoza, haría el mismo periplo que Curtis. Quiero una cubierta de Larroy para mi próximo long play, diría.

Sabes, he oído ya unas 35.672 veces más la canción El amor nos desgarrará que la oyó y cantó Curtis mientras estuvo vivo. Y ahora mismo ha caído la 35.673. Hay una aritmética siempre presente, una geometría, la pinta Larroy: 35.674. No estamos locos, es sólo que sabemos contar.

Si no lo rompo todo, no soy feliz.

Cada uno está en su barrio.

Larroy en Torrero.

Curtis en el Purgatorio.

Yo en el Actur.

Chus T. en Doctor Cerrada.

¿No te dan pena todos esos colores y todas esas formas derramadas en vano? ¿Esas vidas nuestras son como los colores y las formas? ¿Cuando nos morimos nos convertimos en geometrías abstractas?

Lo bueno es romperlo todo. Salíamos a escena con esa intención, con la turbada intención de aniquilar la realidad y sustituirla por colores y formas nunca vistos. Por eso quiero que Larroy diseñe mi próximo long play.

Nuestros padres eran camareros, campesinos, obreros, oficinistas, viajantes, y nosotros somos artistas.

Lou Reed tomaba mucho, mucho ácido en los sesenta y en los setenta, y allí está, vivo, millonario, y vivo. Te tienes que cuidar un poco llegado el momento, y ya está.

Ese fue nuestro mundo: días muy ácidos en donde sonaba la música más hermosa de la tierra, la música de Joy Division, y veíamos colores inmortales.

A veces pienso que soy un extraterrestre, como los que se inventaba David Bowie.

El capitalismo de última generación me está dejando en los huesos. Ya ni voy a misa todos los domingos, a misa de 12. Me levanto con idea de ir a misa, pero no encuentro la Basílica de El Pilar, no la encuentro, no la encuentro porque no tiene colores fulgentes.

Es mejor que te quedes en el estudio, y que no pises la calle.

Es mejor que te quedes en tu habitación del Actur, y que no pises la calle.

Chus T. nos llevó a ver los cuadros de Larroy: un domingo por la noche, allá, allá en Torrero, barrio misterioso de la ciudad de Zaragoza. Todo ocurre en Zaragoza. En Manchester.

Es difícil aparcar en las inmediaciones del estudio de Larroy. Dimos vueltas en círculo, como los toreros. La gran Tauromaquia del urbanismo final.

Si no lo rompo todo, no soy feliz.

Llego hasta la calle Alfonso, y me digo que al final de la calle está la Basílica. Bajo corriendo la calle Alfonso porque todo mi deseo es encontrarme con Dios, en la Basílica. Llego hasta la Plaza donde se supone que siempre ha estado la Basílica. La Plaza está, pero han quitado la Basílica, como lo oyes. No está la Basílica, parece alucinante, pero no está la Basílica. En vez de la Basílica, hay un lienzo gigantesco de Larroy. Miles de colores y miles de laberintos geométricos.

Los turistas se sientan delante de un lienzo de Larroy. En vez de hacerle fotos a la Basílica, le hacen fotos al lienzo. Parece como si no notasen la diferencia.

Curtis, Vicious y yo tampoco notamos la diferencia. Estamos sentados delante del lienzo, en un velador, fumando un Winston y bebiendo un vino blanco. Qué bien se está en la Plaza. Qué bien se está en Zaragoza, con este lienzo, tío, dice Curtis. Con este lienzo delante, dan ganas de creer en algo o ganas de seguir vivo. Me alegro de haber venido. Ryanair es una buena compañía, ya te lo dije, le digo.