[Texto en el catálogo de la exposición Enrique Larroy. Tomavistas. Galería Dolores de Sierra, Madrid, 2005]

A la velocidad de la pintura

Mariano Navarro


Enrique Larroy Hace poco más de tres años colaboré, junto a José Luis Cano, en el catálogo El color invisible, publicado con motivo de la exposición que hizo Enrique Larroy en las salas del Banco Zaragozano (la Cara A, de la muestra) y en la lamentablemente desaparecida galería Lausín&Blasco (la Cara B). El título de mi texto El campo cinemático del teatro espacio-dinámico total lo había sacado de una cita de Jean Baudrillard, que encabezaba, a su vez, un breve ensayo de Peter Halley sobre Frank Stella, dos artistas nada ajenos al quehacer de Larroy. “He aquí llegado el tiempo de la gran cultura de la comunicación táctil, en el campo cinemático del teatro espacio-dinámico total”

Me parecía entonces, y me sigue pareciendo hoy, que las pinturas de Larroy poseen esas propiedades mecánicas activas y que están cargadas de aparato dramático, tanto en la escenografía que despliegan, con insólita prodigalidad, como en su capacidad para impresionar y emocionar al espectador.

Ahora, titula esta exposición, Tomavistas que, como me decía en una carta personal, es “palabra que se usa poco y que revierte a un tiempo en el que las imágenes se realizaban a otra velocidad”.

Del teatro al cine, de las tablas a las veinticuatro imágenes por segundo. Curiosamente, cinemática y cinematógrafo proceden de una misma raíz, pero no creo que a Larroy le seduzca esa vecindad léxica, que a mí me permite cierta ilación de sentido, sino que lo que le atrae es la proximidad que puede establecer entre la velocidad otra de aquellas imágenes caseras y la velocidad en la pintura y de la pintura.

[...]