[Este texto forma parte del catálogo de la exposición Larroy. El color invisible.
Banco Zaragozano y galería Lausín-Blasco, Zaragoza 2002]

El campo cinemático del teatro espacio-dinámico total

Mariano Navarro

« [...] hay que tener en cuenta
que el color engaña continuamente.»
Joseph Albers

Enrique LarroyReflexionar y escribir sobre la obra de Enrique Larroy es hacerlo sobre una labor desarrollada en el transcurso de casi treinta años, que recorre, por una parte, la pintura española de los años setenta, ochenta y noventa, a la que acompaña como artista independiente –pues ni llegó a complicarse más allá de lo imprescindible en los colectivistas setenta ni se vio abducido por el expresionismo mimético de los ochenta ni, tampoco, ha precisado del empuje conceptual de los noventa, pues conceptual ha sido de siempre su opción pictórica–; y, por otro lado, resume una aventura personal en la que la pintura como historia de sí misma y como biografía íntima son, a la vez, afirmadas como sustento especulativo y puestas en cuestión en cada consecución individual.

Su adscripción a la vertiente abstracta de la práctica de la pintura tiene, sin embargo, sólidos fundamentos figurativos. Procedentes los más intensos de una lectura del pop –quizás sería mejor decir del post-pop, por ejemplo, la interpretación de Baldessari–, que ha informado, igualmente a los pintores más relevantes de la escena española e internacional de los años setenta y ochenta.

También tiene sus cimientos en el postminimalismo y en las opciones reduccionistas derivadas de la abstracción francesa encuadrada en Supports / Surfaces. Larroy fue uno de los participantes en la muestra 10 abstractos, comisariada por Narciso Abril en julio de 1975, que seleccionó también a Broto, y que fue, entre las que podemos considerar exposiciones con pretensión de tesis definitoria de una opción determinada, la que demostraba un eclecticismo más generoso.


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