[Este texto forma parte del catálogo de la exposición Larroy. No val a badar.
Galería René Metras, Barcelona, 2002]

No val a badar

Chus Tudelilla


Enrique Larroy La ruptura de las coordenadas que rigen la representación convencional guía los intereses plásticos de la obra más reciente de Enrique Larroy con el objeto de desvelar la multiplicidad perceptiva y las numerosas alternativas posibles para su representación pictórica. Para tan compleja operación, el artista desarrolla el argumento de su pintura fundamentado en la interrelación de imágenes de abstracción y color según un código interno cuyo suceder y resultado final tiene mucho de intuición y búsqueda de soluciones que nunca se presentan definitivas.

El nuevo espacio pictórico aparece organizado por la dinámica intersección de formas elementales, de provocadora gradación cromática. La dialéctica dominante en la ruptura de un orden establecido obtiene como resultado nuevas realidades que deben mucho a la actitud irónica de Enrique Larroy respecto al mundo que rodea el arte actual.

No pasa inadvertido en su pintura cierto grado de fragilidad, o quizás mejor de flexibilidad, en el sistema de relaciones impuesto por el artista. El entrecruzamiento de imágenes ocupa, articula y construye el espacio compositivo, sin posibilidad alguna de concretar el lugar que corresponde a cada una. Para conseguir este efecto de distorsión es fundamental el peculiar tratamiento del color, siempre enriquecido con nuevos e inusitados matices.

La intersección de planos y ritmos, el encadenado y la superposición de imágenes quebradas, así como el desarrollo en profundidad del espacio abierto a la discontinuidad temporal son algunas de las estrategias activadoras de un espacio descentrado que suscita la posibilidad cierta de creación de una anatomía constructiva, ajena a cánones y leyes estables. Un espacio, en definitiva, dispensador de presencias y delator de incertidumbres.